Pequeño Napoleón

Cuando te vi hace unos añas atrás, hechada en el piso y llorando como una Magdalena cualquiera, me sentí en la gloria. Y lo digo así sin tapujos, me importa poco y nada si alguien me califica de enfermo y esquizofrénico. Fue glorioso, dulce y empalagoso.
Pero, tu no me hiciste nada. De hecho, fue raro, porque yo me despedí de ti. Hice tantos cuentos en honor a ti, los mandé a muchos lados, los leyó mucha gente y me decían que estaban buenos. Pero a mí no me gustaban, y sabes por qué, porque los escribí falsamente.
De a poco empecé a odiarte. Muy de a poco, inclusive, me traté de engañar a mi mismo endiosándote y poniéndote encima de todas y de todos. Pero no, terminé odiándote, eso me gusta.
Mis obsesiones se incrementaron el mismo día que decidí dejarte, y odiarte. Ése día mi blanca polera usé, mi camisa, mis jeans azules azules y mi perfume volqué sobre mi, pero no para dejarte el cuello pasado a Benetton. No, para nada, lo hice porque cada vez que veo a alguien que odio, me pongo obsesivo. Me convierto en un pequeño Napoleón que tapa sus pensamientos en perfume, en limpieza, en buena ropa y mucho cigarrillo. Creo que lo hago para hacerme el interesante, no sé. Quizás lo hago para odiar con autoridad, para que no me digan que soy una pobre escoria sin derecho de odiar, no sé.
Lo único que sé, es el por qué te odio: Porque te di lo mejor de mi y nunca te hice daño, prefiero odiarte que lamentarme y llorarte.-

Todo será igual, es sólo un año más.

¿Qué es la felicidad? Es difícil la pregunta. ¿Libros, escribir, reir? quizás para mi.
Va un año desde que nos juntamos fines de semanas intercalados a conversar. A veces estamos todos, a veces algunos, a veces somos sólo dos y a veces separados, cada uno pensando en lo mismo. Pero, ¿quiénes formamos nuestro amado y respetado Club de Tobías? algunos pocos. Los que nos comenzamos a replantear la vida, hablar de nuestros traumas, los que tenemos crisis existenciales y lo compartimos, los que hablamos de nuestros compañeros frustrantes, los que nos juntamos sagradamente a hablar. Eso, solo algunos. Hay otros que solamente se incluyen cuando hay botellas de por medio. Esos cuentan poco, y cuentan en todo lo que significa la palabra contar.
Somos pocos, somos solo algunos entre un grupo de 15. ¿Queremos algunos más? no, somos lo que somos y los demás, pecho de palomo.
No comencemos a sentirnos mal porque se nos ha ido un año de noches de viernes y de sábados, algunas frias y otras calurosas como para tomar en alguna plaza. Hemos vuelto a tomar al aire libre, aunque claro está, no en la calle. Desgracias, disgustos, peleas y todo se suma en un año. Se nos fue uno, no estaba apto para esto. Para esto hay que ceder demasiado, y si no cedes, estás cagao'.
Creo que el destino nos ha juntado, todos en el Club tenemos un problema en común y lo sabemos. El mismo problema existe, pero en menor medida. Hay casos y casos, pero todos nos apoyamos. Eso es bueno.
Alcemos nuestros vasos, lo merecemos. Fumemonos un pucho, Meneses y Panchito, nos lo merecemos. Las botellas son sólo un pretexto para juntarnos, las palabras fluyen sin necesidad de ellas. Que nunca se termine el Club, nunca será así. ¡Viva el Club de Tobias!
Ahora, me vuelvo a replantear, ¿qué es la felicidad? para nosotros, es ver la noche pasar, tratando de conquistar nuestros mundos propios.



Algunos del Club, Miembros Honorarios y Estados Asociados

Mi departamento tiene unas manchas de manteca re' difícil de sacar.


Recién, sentado, escuchando a los Muppets y su Bohemian Rhapsodia y fumando (no debería, porque me duele la garganta, pero según mi familia entera " el vicio es grande") empecé a pensar en la weá física y toa' la chuchá y la weá junta.
Llegué a la conclusión, que nuestro cuerpo es como nuestro departamento soñado (templo no, eso es pa los weones medios new age, y que aparte, encuentro una mierda compararme con un templo, metiendome tanto alcohol y puchos juntos, pero eso es cuento aparte).
Es mi cuerpo mi departamento soñado? porsupuesto. Pero, es difícil tener el departamento soñado en orden. Tiene las paredes y los cimientos medios sueltos y manchados, porque hace unos años atrás tenía mucho chocolate y manteca encima. Las paredes y el piso están pintadas y mugrientas por la manteca. Ahora no traigo manteca a mi depa, pero si chocolate, aunque un poquito. Pero la mancha sigue ahí. La weá es fácil. Es cosa de agarrar una buena escoba y un buen producto para dejar las paredes y el piso reluciente. Se vería la veta de la madera y los detalles de la pintura. Pero limpiar la mancha de la manteca y el chocolate es difícil. Lleva mucho trabajo, cansancio, sudor y temperatura de por medio. Desgraciadamente es difícil hacer una limpieza aquí en el depa, porque he estado todo el año medio enfermo. El producto está. Me compré un limpiador re efectivo, el más efectivo en el mercado, pero uno no saca ná con dejar de traer manteca a la casa, si la mancha sigue ahí.
Lo penca es, que el limpiador está un poco humeado. He prendido muchas fogatas encima del limpiador, y abrir la tapa me cuesta un montón. Pero el placer de prender fogatas es grande.
Así que el limpiador no lo puedo usar, hasta que deje de hacer fogatas encima de él. En fin.
Ese es el dramón con mi depa: Adentro está sucio y manchado de manteca. Si quisiera lo limpiaría, pero he hecho mucho fuego y me cuesta limpiar con el limpiador que compré. Hay algunas botellas en el living. Algunos cuadros chuecos y weás. Gracias a lo que sea, la fachada está media aceptable. Me he encargado de rociar algunos Poetts en la puerta. He estado comprando puertas nuevas, y ahora pinté un poco la terraza. Pero, en fin. Creo que tendré que hacer una limpieza, para tener mi departamento limpio.

Crisis de Escritura con Amalgamas Medias Pajers, Medias Tortillers.

Tengo que escribir muchas cosas de aquí a mañana. Y si la profe se raja, de aquí hasta el mismo día 20, día en el cual vendrá gente importante y verá lo que he hecho en todo el año. Y me juzgarán, y verán si es viable que el próximo año sigamos con lo mismo, los viernes en la tarde, después de The Office y un pucho caminao'.

Mejor fumemonos un pucho, tomemonos una cerveza, y digamosle a esta gente que se traten de chupar el codo, mientras cantan un avemaria bien sufrido.

To The End



Tiene una cosa media darketa, ese "no sé qué" que es sutil, es como dulzón, y en ella le asienta de maravilla.
Inclina su cabeza y me mira como si todo lo que yo hablara fuese mentira. Se limpia la mugre de sus uñas largas cuando le hablo y dirige la mirada hacia otro lado, como si la estuviesen fotografiando para la próxima campaña de alguna tienda famosa. Dobla sus blancas piernas de crema, apoya la planta de sus zapatillas perfectamente ensuciadas en la pared. Ella sabe que tengo un cuento medio raro con las rodillas.

Al acomodarse la chasquilla sin las manos, hace que toda su melena oscura se mueva al viento. Su cuello descubierto se ve fresco, claro y con gusto a algodón. Se nota que se aplicó perfume cerquita de la aorta y en las muñecas: cuando se mueve, hace que el aire huela a ella. Ella huele a mandarina y luego a chocolate, una cosa entre almendras y la pasta de un Bon-o-Bon.

Vamos, mujer. Te invito a un pucho y hablar de libros. Mi libro favorito es uno de Bolaños. Espero que te guste Bolaños para que seas, prácticamente, perfecta.

Un viernes cualquiera


La posibilidad de ser centrado es ínfima, es casi bastarda y absurda entre un mar de posibilidades infinitas que, a veces, me hacen perder la cabeza, como en un choque a 99 KM per hour.
El día no parte a las 7 de la mañana, empieza a las 2 de la madrugá, cuando llega el último (cigarrillo) del día, y los cuestionamientos de si la leche de mañana me convertirá en un chiquillo más rechoncho aun.
Y en la mañana, el dilema del pelo, de bañarse pródigamente por pasos, me hace sudar al llegar al colegio, por lo general, atrasado. Y en la espera de 45 minutos empiezo a planear el día, en la música que escucharé en el azulado, lo que escribiré (si es que escribo), en la mentira que le diré a la profesora cuando me pregunte por el libro que no he traído, en lo que le diré a mis insulsos compañeros, en si usaré modismos ingleses y en cuantas veces diré “ternesca” durante la jornada.
El diccionario Gañán, las tildes-acentos, la letra mala, el cuaderno multiprofesores, el lápiz que no sirve, la Parker que se me esconde, los chicles Orbit, el agua mineral. Los recreos sin comida, la leche “Light”, el pararse en una pata, la rodilla que me duele, el que no me toquen mucho, abrazar a la Fabiola. La clase de inglés, pronunciar correctamente “teacher”, no hablar en inglés, hablar en la clase de inglés, el Sebastián con su lenguaje Coa. Las realidades distintas. Con la profesora culta, la genialidá hecha mujer, la tímida frente a un grupo de cuicos arribistas. El día concluido. El almuerzo, el comer poco, el tomar agua, las obsesiones de mi hermana traspasadas hacia mi. ¡Bendita seas, hermana, por darme algo de entretención frente a la comida!
No descansar, la clase voluntaria de retórica & literatura, el juntar plata para la noche. El lapso entre las 6 y las 10 es ¡Fucking Awesome!, recibir a un grupo aquí en casa, beber hasta quedar sentao. Hablar sobre lo que no he hablado durante la semana, sentirse algo complementado. Las obsesiones se van por un rato. Se largan, el fumar el último, no planear la próxima mañana, pensar que en unas cuantas horas no tendré presiones. Olvidarse de lo traspasado por mi hermana, amanecer en un caos visual. Ducharse pródigamente, usar las zapatillas por los colores de la camisa. Usar sólo dos zapatillas en todo un año. Vivir en la incertidumbre, vivir temblando en las calorías, en el daño a los pulmones, en los cálculos renales, en el daño al hígado, en el no crecer más.

Hideaway


Despertó en el piso de la cocina, rodeado de chicles mascados y trozos de limón, jeringas y puchos, vasos quebrándose y un estribillo pegajoso que sonaba con fuerza. Desconcertado, se quiso levantar y no pudo, porque su cabeza pesaba una tonelada, pero no le dolía. En realidad no se sentía, pero el tacto y los colores se encontraban lejanos, como si no fuesen de él. Y su percepción iba y venía y todo a eye fish, estilo cámara de seguridad. Y en sus oídos se escuchaba un organillo repetitivo y chillón, de iglesia, de funeral y no de matrimonio y un inglés que le gritaba because we are your friends y lo mareaba más y más.
Se cayó varias veces y en muchas se resignó, como cuando se quema una ampolleta y explota en mil pedazos. Las horas pasaban, porque el minutero sonaba cada vez con más intensidad. Y el vómito surgió, el lamento y el miedo a morir llegaron a su cabeza en un momento.
Tratando de recordar lo que había ocurrido con él, se da cuenta que en su delgada muñeca no se encontraba su brillante reloj de plástico que compró en uno de esos viajes al sudeste asiático, buscando la droga en algún país que la ofrecía hasta en los restaurantes. Ya no importaba él, importaba sólo su reloj de pulsera, algo extravagante y quizás bizarro, pero suyo.
Caminó desesperado buscando su accesorio y a alguien que lo ayudase a recordar lo ocurrido, pero la casa estaba vacía y desordenada. Se observaba en la ventana que el día comenzaría, el tungsteno incandescente ya estaba por morir en cualquier momento: los jornaleros y escolares estarían listos, pero no dispuestos, a iniciar una nueva semana más.
Manoseando entre muebles y cajones encontró fotos de su infancia, cartas de su familia y una imagen de la virgen de Andacollo que le decía no al libertinaje, estilo de vida al cual estaba acostumbrado y hasta se había hecho aficionado.
En su mente recordó sus años de escolar, cuando su mamá lo despertaba, lo llevaba al colegio y le compraba esos queques rellenos que tanto le gustaban y no como ahora, viviendo en un departamento solo y asustado y desesperado por su vida que él mismo puso en riesgo. A causa del miedo, se hincó en el piso y rezó y la virgen le miraba y él seguía rezando para que el tiempo pasase rápido, para que despertase de esta pesadilla que estaba viviendo. Y la virgen le gritaba palabras hirientes y la locura se apoderó de su cabeza.

Temblando, se dirigió al baño a lavarse la cara y al entrar vio de manera fugaz la cara de todos sus ex amigotes y a Martín, maquillándose con su lápiz labial de cien pesos, encrespándose sus cortas pestañas y tirando besos a todas partes. Y su voz chillona y su imitación económica de una señorita le provocaron asco. Su espalda se volvió fría y Ferdinando decidió golpearlo, pero desapareció, aunque su aroma a medicamentos seguía en el ambiente.
Y Martín comenzó a reírse de Ferdinando, de su capacidad de volcarse fácilmente, de lo liviano que él era, de su gusto mórbido hacia la carne y esos elementos de sexo sin argumento. Las risas se convirtieron en carcajadas y su rostro comenzó a cederse a ellas y Ferdinando se desvaneció en un hilo delgado y perdió el control de sus acciones; las toallas y los envases de productos comenzaron a flotar por inercia y él sentía que algo lo trataba de levantar, pero no podía.
Su garganta se contrajo y las lágrimas dejaron de brotar por sus ojos, y se convirtieron en un río que corría tormentosamente por su paladar, ahogándolo de apoco.
Sumergió su cara en el lavatorio rebalsado de agua y cuando levantó la cabeza observó el reflejo de la puerta en el espejo, la cual tenía escrita un mensaje en mayúsculas que decía “Maldito Infeliz”, con el labial barato de Martín. Su corazón se volvió agua y comenzó a golpear su estómago, sentía que se le caería en cualquier momento.
De pronto, Ferdinando vio que sobre el piso húmedo se comenzó a formar una larga y gruesa mancha de sangre que se dirigía hacia su tina. Luego, ésa mancha se había magnificado, marcando azulejos, cortinas y espejos. Desde el vidrio de la mampara trascendía una poza purpúrea que chorreaba sangre para todos lados, como si se tratasen de los tentáculos de un pulpo.
Indeciso y nervioso, sacó un cigarrillo de su cajetilla y lo encendió velozmente, buscando la forma de abrir la mampara sin impactar su percepción de la realidad, mellada ya, con tantos sucesos que él no comprendía y que provocaron una macedonia de neuronas mal amalgamadas. Su cigarrillo se consumió, quemando sus largos dedos manchados en sangre, su pecho se contrajo.
Tragando en seco, se decidió a abrir la mampara y de séquito encontró su reloj en su muñeca, el lápiz labial de Martín derretido en su polera y su cráneo abierto por la grifería de la tina.